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Compatibles. Emilia Pardo Bazán Fragmento de la obra El criado entró con una bandejilla, y en ella una tarjeta. —¡Ah! ¿Este señor? Que pase. Tres minutos después, el visitante se inclinaba ante Irene. Pero ella, irónica y afectuosa, le rió con los ojos: —Nada de cumplidos. Creo que nos conocemos bastante, perdulario. Era él un hombre aún joven, como de treinta y seis a treinta y ocho años, con ligeros toques de blanco en la oscura cabellera, peinada a la última moda, de un modo sobrio y recogido. El cuerpo gallardo, la cara simpática, morena y expresiva, sin hacer del visitante un Adonis, le incluían entre los tipos que atraen a primera vista y explican cualquier desvarío amoroso. Irene le indicó a su lado una silla. —¡Qué guapa estás! ¡Más que nunca! —murmuró él. Y envalentonado por la buena acogida, trató de apoderarse de una mano de la dama. Ella, sin esquivez, la retiró, diciendo: —Hablemos formalmente, ¿eh? —¿A qué llamas hablar formalmente? —A que sepamos a qué atenernos desde el primer instante. Yo no contaba con tu visita, lo cual no quiere decir que no la reciba con mucho gusto. Pero conviene que sepas que no pienso volver a casarme. Él sonrió con sorna, mortificado por el prematuro desahucio. —¿Y de dónde sacas, niña, que yo vine a hablarte de casamiento? —Está bien —repuso ella—. Entonces, si de eso no se trataba…

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